VII.
¡ Que sea la luz! Exclamó Alá
en la noche del caos-;
Y surgió al punto
la luz maravillosa de tus ojos,
encendidos de amor, y alumbró el mundo.
VIII.
Quise arrojar una piedra
para espantar al amor;
pero también de la piedra
u fuego de amor brotó.
XX
Amante de la Rosa, el ruiseñor
sin cesar se lamenta dulcemente...
sin que ella preste oído a su canción.
Desdeñosa, le clava sus espinas
más agudas en pleno corazón,
hasta que, al fin, herido mortalmente
desplomase por tierra el trovador,
pero, aún caído, el pobre alza sus ojos
y a la bella cruel asi le grita;
-Injusta eres conmigo; no soy bello, y de
sobra lo sé, rosa divina.
Pero mi alma, que también desprecias, es
una flor contigo comparable,
que te iguala en belleza y aún te gana en
bondad y fervor y amor constante.
Así, con voz muy débil, lastimera, murmuró
el ruiseñor a la rosa altanera y, en seguida,
cerró el pobre los ojos, y expiró.
